Un amigo verdadero

La mariposa blanca es la flor nacional de Cuba.Versión de Virgilio López Lemus
¿No resulta un poco cínica la frase atribuida a Aristóteles:
«¡Oh, amigos míos! No hay ningún amigo»?

A tal aseveración se opone una de José Martí:
Tiene el leopardo un abrigo / en su monte seco y pardo.
/ Yo tengo más que el leopardo / porque tengo un buen amigo.

En tiempos de María Castaña y en un luminoso rincón de la Tierra, vivía un viejo matrimonio, desolado porque no había podido tener hijos. Una hechicera que pasó por allí uno de esos días, les auguró a ambos esposos que les nacería un niño apuesto, que sería alto y valiente, al cual iban a llamar Hans, pero a pesar de que sería un chiquillo hermoso, cuando cumpliese exactamente veinte años, moriría.

No pasó ni siquiera una luna llena cuando la señora Gerta se dio cuenta de que estaba embarazada. Meses después, nació Hans. Tuvo una infancia feliz, pero a medida que iba creciendo, advirtió que rara vez podía decirse que sus padres estaban alegres.

Una tarde un poco brumosa, Hans los escuchó conversar entre susurros y con aflicción. No pudo resistir la tentación de escucharlos furtivamente, y así se enteró de la triste profecía.

Entró a la habitación, abrazó a los dos ancianos y les pidió que no se preocupasen por él:

−Padres míos, si esa es mi suerte, creo que lo mejor será que salga a conocer el mundo, y si la Muerte me alcanza, que me asalte en pleno goce de la vida. Así, lejos de ustedes, jamás van a saber de mi cruel final.

−Bien, querido Hans, haz lo que te dicte el corazón −le dijo su padre −, quién sabe si ausente de nosotros puedas burlar el vaticinio. Pero guarda estas tres manzanas mágicas, único obsequio que tus pobres padres te pueden legar. Cuando salgas al mundo, debes estar muy atento a quienes te ofrezcan amistad. Corta entonces una de estas manzanas en dos partes desiguales, y deja que el recién llegado escoja. Si toma el pedazo mayor, no será un amigo sincero, si toma el menor, abrázalo, porque has tenido la suerte de hallar a un amigo verdadero.

Hans besó a su madre, y se fue de inmediato. Anduvo, anduvo, anduvo, y cuando estaba a punto de vencer el tercer día de viaje, se encontró con un caballero ricamente vestido, montado sobre un brioso caballo blanco. El buen señor advirtió que Hans estaba algo demacrado y lo invitó a que montase con él, lo condujo hasta una posada, donde se alimentaron y disfrutaron de una muy grata conversación. Tras la cena, Hans cortó la primera manzana, pero para su secreto disgusto, el caballero escogió el pedazo mayor. Se despidieron de una forma muy educada y Hans siguió su camino.

Tiempo después, el joven pasaba cerca de un pequeño pero hermoso castillo. Por el camino advirtió que un noble señor venía hacia él, y rumbo al castillo, quien en seguida se presentó como propietario del alcázar. Al mirar fijamente al joven viajero y advertir su rostro noble, lo exhortó a que le visitase. Hans accedió, y ya en el rico salón para invitados, el castellano le sirvió presentes de lujo, como perdices y caviar, y luego de la cena le estrechó la mano en señal de amistad. Hans sacó la segunda manzana, la cortó como ya sabemos, pero el noble propietario se lanzó con pasión sobre el pedazo mayor y comenzó a comerlo sin la menor preocupación por el que quedaba para el reciente amigo. Hans se entristeció en silencio, saludó al agradable señor y se fue pensando que no había hallado un amigo de verdad.

Mucho tiempo adelante, topó en el camino con un raro viejecito que decía venir de un sitio desconocido y remoto llamado Macondo. Andaba recorriendo mundo, dice que para aprender las cosas de la vida. Hans se presentó con sus nombres y apellidos, pero el recién conocido le dijo solamente que se llamaba Melquíades. Luego de mucho andar y de conversar también muchísimo, Hans sintió cansancio y le pidió al anciano reposar un rato debajo de un árbol muy frondoso. Melquíades aprovechó para narrarle la historia completa de una familia condenada a nacer con una cola de cerdo. Hans sacó la manzana en el momento mismo en que las hormigas se llevaban al último descendiente de aquella estirpe, la cortó en dos y se la ofreció al anciano, quien lo miró fijamente, tomó el pedacito menor y se lo comió solo cuando Hans mordió el suyo.

−Oh, al fin encontré un amigo verdadero, pensó el joven, quien en reciprocidad contó al anciano la historia de su breve vida, sin omitir aquella lamentable profecía que pesaba sobre él.

−Tengo ya muchos años, le dijo Melquíades, soy un mendigo, pido limosnas para comer y sigo mi viaje de sitio en sitio hasta topar algún día con el Paraíso Terrenal. Si quieres, acompáñame. Compartiremos lo poco que halla.

−Claro que sí, pobre amigo, te acompañaré y todo lo que nos obsequien, lo dividiremos entre los dos. Es una promesa.

El anciano le dio las gracias, se apoyó sobre el hombro juvenil y echaron a andar. Luego de atravesar un tupido bosque, entraron en un gracioso pueblecito de grandes casas pintadas de blanco y azul. Hans llamó a la primera puerta, y salió una joven señora, quien, conmovida, le obsequió un puñado de monedas. El joven corrió al sitio donde había dejado a Melquíades, y dividió las monedas en dos partes iguales. Más adelante, tocaron a la puerta de un palacio, cuya verja era de oro y tenía los muros de nácar. El propio dueño salió a recibirlos, los hizo pasar a su espléndida casa, hospedó a Melquíades en una habitación muy cómoda para que se repusiese de sus fatigas, y se llevó a Hans hacia un enorme salón para platicas.

El mobiliario de maderas finas tenía incrustaciones de piedras preciosas. Unos grandes ventanales de estirpe gótica no solo adornaban el lugar, sino que lanzaban sobre la estancia una luz multicolor, que contribuía a hacer del recinto un sitio muy acogedor.

El dueño le preguntó por qué siendo un joven tan apuesto, pedía limosnas. El chico le contó su historia a medias, sin referir el secreto de la profecía, y concluyó explicándole que mendigaba solamente porque lo había prometido a su amigo Melquíades, con el que debía compartir, bajo rigurosa promesa, la mitad de todo lo que lograran obtener.

El señor palaciego se sintió conmovido por tanta fidelidad, por las buenas disposiciones del joven y por la belleza ingenua de su rostro.

−Por favor, abandona esa promesa y quédate a mi servicio. Soy viejo, tengo una bella hija a quien quiero casar, y si sabes leer y escribir, serás mi secretario.

−Gracia señor, yo soy casi bachiller, pero recuerde que debo compartir todo lo que gane con mi amigo.

−No hay problemas, me gusta que así sea. Que se quede a vivir con nosotros.

Hans se fue muy alegre a contar la buena nueva al anciano misterioso. Lo encontró leyendo un libro evidentemente mágico, tuvo que interrumpirlo para cumplir con su relato, pero el viejo se sintió complacido y halagado por la lealtad de su amigo. Al amanecer, cuando Hans le fue a llevar la mitad del anticipo que el dueño le había ofrecido, no encontró al viejo Melquíades, quien desapareció sin dejar rastro. O sí, caída en la alfombra había una hoja amarillenta, escrita con unos caracteres que nadie pudo descifrar.

Como Hans era un magnífico trabajador, pronto se ganó toda la confianza del dueño, cuya hija se enamoró perdidamente de él. Pasadas lunas y lunas y lunas, un buen día decidieron casarse, plenos de amor, pero la chica quiso ir a visitar a los padres de Hans, a quienes el joven no veía desde hacía algunos años.

−Vayan con mi bendición, les dijo el palaciego ahora padre y suegro. Y tras la bella boda, los jóvenes emprendieron el camino para visitar a los padres de Hans.

Andando y andando, oh maravilla, se encontraron con Melquíades. Hans descendió del corcel en que viajaba con su reciente esposa, y lo abrazó con mucho cariño. Le ofreció la mitad del dinero que llevaba en su bolsa, la mitad de los ricos comestibles de las alforjas, y aun quiso que lo acompañase, pues debía compartir con él la mitad de la fortuna que había amasado con su trabajo de aquellos años.

−Nada tienes que darme, me considero pagado por tu cariño y fidelidad −dijo el viejo encorvado y sonriente. −Te dejé una página mágica que sirve como antídoto contra toda razón profética. ¿La leíste?

−Oh, no señor, la he guardado todos estos años para devolvérsela.

Casualmente, Hans la llevaba consigo. Sacó de su alforja con mucho cuidado la amarillenta hoja, y se la entregó al anciano. Aunque los caracteres eran muchos, muy dibujados y cubrían toda la página, allí sólo decía: «Un amigo verdadero no está condenado jamás a la soledad».

Melquíades se despidió de los jóvenes, ya desde lejos la esposa de Hans le lanzó un beso con la punta de sus dedos, y en ese mismo instante pareció que el anciano se disolvía entre el polvo del camino.

Casi al anochecer, llegaron a la casa de los padres de Hans. Todo estaba dispuesto de la misma manera en que el chico lo dejó años atrás. En ese momento salió la madre a tender unos paños azules, y quedó muy sorprendida al ver a su hijo, porque esa mañana, justo cuando los jóvenes se encontraron con Melquíades, Hans había cumplido sus veinte años de edad.

Los jóvenes corrieron hacia ella y la abrazaron con amor. De inmediato la dulce anciana les contó que el padre había fallecido meses atrás, justo el día en que cumplió sesenta años de edad, y que su último pensamiento fue para su hijo, al que deseaba larga vida. Madre y esposa quedaron encantadas la una con la otra, se hicieron muchos obsequios, y como al pocos tiempo se dieron cuenta de que Hans cumplió sus veinte años sin morir, entre los tres decidieron irse a vivir juntos al lejano palacio, para ser felices hasta el final de sus días.

(tomado de cubaliteraria.cu )

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