La era del olvido en la Ciénaga de Zapata

CIÉNAGA DE ZAPATA, Matanzas.— Aquellos pantanos constituían un misterio para los cubanos; y habitarlos, todo un desafío. La naturaleza era inhóspita para los hombres, a pesar de su belleza, y los pobladores no cejaron en asentarse allí, pese a la soledad y frialdad de sus parajes.

La máster Clara Enma Chávez Álvarez habla de la Ciénaga con la pasión de quien conoce como pocos su historia. A los nueve años de edad la visitó por primera vez, en la década de los 60. Desde entonces quedó marcado en su corazón el sello distintivo de esos parajes.

«Nunca pensé que, como parte del trabajo de un equipo de investigadores matanceros, me correspondería escudriñar el pasado de la Península de Zapata, desde finales de la colonización hasta el 1ro. de enero de 1959», explica. Las indagaciones la condujeron por numerosos registros civiles, los fondos kilométricos del Archivo Nacional y los de las provincias de La Habana, Matanzas y Las Villas. Una de las grandes dificultades que encontró fue la no existencia en la Ciénaga de cementerios con libros de asentamiento ni registros civiles.

Por ello aprovechó los testimonios de los pobladores oriundos del lugar. «La zona oriental —expresa— es la más desarrollada, por poseer tierras firmes, propicias para la agricultura y con menos posibilidades de inundaciones. Durante la dos guerras mundiales el lugar se benefició de dos vías férreas: la de Jagüey Grande y la de Covadonga.

«Esos caminos de hierro surgieron debido al desarrollo azucarero, para transportar mercancías a la zona de embarque en las Salinas de Brito. Pero hasta el triunfo de la Revolución solo existieron tres casas bien construidas: la de piedra en Punta Perdiz, la de La Salina y el Castillo de San Blas». Triste paisaje Clara Enma encontró descripciones minuciosas desde los inicios del siglo XX.

Una de ellas, de las más emblemáticas, es la del ingeniero y explorador Juan A. Cosculluela; y también las del explorador José Álvarez Conde y del periodista e historiador Oscar Pino Santos. En 1952 el escritor Samuel Feijóo escribió: «Un insólito pueblo dentro de la sociedad cubana (…) casi un pueblo de la época prehistórica (…) con costumbres primitivas, pueblo sujeto a grandes privaciones y a peligros constantes».

—¿Qué le llamó más la atención de los cenagueros?

—Muchos no conocían ni a una persona fuera de los límites del pantano. El abandono y la soledad generaron fuertes sentimientos de solidaridad entre ellos. No distinguían por el color de la piel o credo religioso. Profesaban la hospitalidad y primaba un ambiente de equidad, condicionado porque todos vivían con las mismas carencias en medio de una vida seminómada.

«Las costumbres en la dieta se vinculaban con la producción agrícola destinada al autoabastecimiento. Cocinaban una especie de ajiaco, pero lo típico era la combinación de tocino con el dulce de guayaba. Los alimentos que más consumían eran arroz, frijoles, galletas y harina, además de los animales que cazaban o los cangrejos, moluscos y peces capturados en ríos y canales. Algunos de los poblados occidentales se abastecían en la panadería de Buenaventura, mientras que los orientales consumían las llamadas “galletas gallegas”, procedentes del batey del central Covadonga».

—¿Cómo obtenían los productos alimenticios y de aseo?

—En las bodegas de los principales bateyes y caseríos, propiedad de los dueños de chuchos y de encargados de fincas. Eran conocidas como tiendas, porque además de alimentos vendían calzado, combustible para uso doméstico y ropa, que en la mayoría de los casos se obtenían por medio de vales, y en menor cuantía al contado.

«Algunos adquirían víveres por trueque, a cambio de sacos de carbón, cera u otro producto de la región. Este sistema de intercambio se practicó hasta los inicios de 1950.

«Las bodegas representaban el negocio más lucrativo del territorio, con el empleo de vales como una variante que proliferó hasta la década de los 50, no obstante la vigencia de la Ley Arteaga, promulgada en 1909, que estipulaba la supresión de esa práctica feudal».

—¿De qué manera se trasladaban dentro de la Ciénaga?

—Como medios de transporte fundamentales con el exterior se incorporaron en la primera década del siglo XX los carros de línea, que entraban desde los centrales Covadonga y Australia. Pero las más recurridas siempre fueron las embarcaciones (botes y cachuchas impulsados por pértigas, y bongos remolcados por lanchas de motor) y las caminatas, claro.

«Algunos se valían desde 1940 del ómnibus que venía de Juraguá y llegaba a Punta Perdiz, dos veces a la semana; o de caballos y vehículos motorizados que cubrían tramos interiores.

En situaciones de emergencia, en los años 40 e inicios de los 50 del siglo XX, prestó servicios la avioneta de Félix Ruiz Enríquez, dueño de la ruta privada Calimete-Varadero-La Habana-Aguada de Pasajeros-Cienfuegos, que rendía viajes con fines comerciales. Aunque se dedicaba al trasiego de mercancías y pasajeros, siempre que alguien fue a él en busca de socorro ayudó desinteresadamente.

«Para acceder al territorio la avioneta utilizaba pistas rústicas, que no eran más que terrenos de unos cien metros cuadrados, chapeados y dispuestos a tales efectos. Esos campos improvisados se localizaban en Cayo Ramona, El Helechal, Pálpite y Soplillar.

La importancia de los servicios que prestó quedó demostrada cuando en 1951 encalló en Buenaventura un barco de la Marina cubana, y gracias a la notificación cursada por Félix Ruiz Enríquez pudo efectuarse el rescate». La salud era un lujo «La gran huérfana absoluta de la Ciénaga fue la salud —señala la especialista—. Existía insalubridad y proliferaban enfermedades propagadas por los mosquitos.

Los facultativos más cercanos estaban en Jagüey Grande y Aguada de Pasajeros, lo que representaba distancias difíciles de salvar en la mayoría de los casos. De acuerdo con la investigadora, esto no solo estuvo determinado por la lejanía geográfica, sino por el pobre desarrollo de las vías de comunicación en el humedal.

A veces los enfermos eran transportados en cachuchas y parihuelas por las vías acuáticas, no siempre con un final feliz. «En la Ciénaga de Zapata —apunta— ante cada epidemia o a raíz de los estragos provocados por un desastre atmosférico, la muerte se cernía sobre los más desafortunados.

Ocurrió así en 1918, cuando se propagó el paludismo. Un año más tarde la fiebre tifoidea causó altos índices de mortalidad, y a inicios de la década de los 40 un brote de encefalitis equina tomó tal fuerza que las autoridades sanitarias no pudieron mantenerse ajenas a la tragedia.

En esa oportunidad recomendaron desarrollar una campaña de vacunación y fumigación; sin embargo, pese a las denuncias por la lentitud y poca efectividad de esas medidas, no se obtuvieron los resultados esperados. «En 1932, como secuela del paso de un ciclón, apareció otra epidemia de tifoidea. El daño mayor tuvo lugar en el batey de Cayo Ramona. Muchos enfermos graves pudieron ser trasladados hacia Aguada de Pasajeros y Cienfuegos, pero las muertes fueron cuantiosas.

Las huellas se aprecian aún en las toscas inscripciones de numerosas lápidas del cementerio de ese poblado. «Otro gran impacto fue el del huracán de 1952. Provocó un gran número de víctimas no solo por las secuelas, sino por los heridos que quedaron atrapados y sin recurso alguno para salvar sus vidas.

«Los resultados de una encuesta aplicada en ese territorio en la década de los 80 hablan en ese sentido. Del total de consultados, solo 18, el 23 por ciento, declararon haber recibido asistencia médica, al menos en una ocasión, antes de 1959. En cambio, todos coincidieron en que se “curaban” con remedios caseros, con la ayuda de vecinos conocedores de la medicina tradicional.

«La tasa de mortalidad infantil en 1958, que ascendió a 75 por cada mil nacidos vivos, fue considerada como más del doble de la del país, calculada en 32,5, y por encima de la reportada en la provincia de Matanzas, de 45.

«La carencia de iglesias, registros civiles y libros de asentamiento en cementerios que permitieran inscribir los nacimientos y defunciones, formaron parte de la realidad del hombre del mégano. Por ello numerosos estudiosos de esa realidad afirman que en ese territorio, generalmente, el nacer y el morir quedaban solo grabados en la memoria de los dolientes.

«Con el paso del huracán de 1952, durante el cual miles de cenagueros quedaron incomunicados y sin posibilidades de recibir al menos primeros auxilios, el Estado “descubrió” que la Ciénaga necesitaba una institución de socorros. Así, el 11 de abril de 1953, una publicación de la época, El Comercio, anunció la construcción de un hospital de emergencias en Cayo Ramona, apadrinado por la esposa del dictador Fulgencio Batista.

El proyecto se ejecutaría con un presupuesto de 17 427 pesos, capital sobrante de los créditos concedidos para los damnificados por el ciclón antes mencionado. «La prensa local desplegó una gran publicidad y abundaron los halagos hacia los promotores.

Dos meses después no se hablaba del plan, como ocurrió a inicios de 1940, cuando Batista, desde la presidencia, prometió por primera vez una empresa similar.

«La construcción del hospital constituyó otro de los sucios negocios del Gobierno. En las instalaciones a medio terminar ofreció “servicios” un enfermero durante muy poco tiempo. El lugar quedó abandonado y se destinó a la crianza de cerdos. Mientras, el personal médico cobraba en las nóminas de Cienfuegos, sin conocer la supuesta entidad asistencial.

«Al comienzo de la segunda mitad del siglo XX, el territorio cenaguero solo disponía de un botiquín en Cayo Ramona, propiedad de Pedro García Duarte, dedicado a la venta de medicamentos para las enfermedades más comunes. Existía otro localizado en la vivienda de Eustaquia Mejías Benítez, en Santo Tomás, que ofrecía productos destinados a brindar los primeros auxilios».

Otro olvido

«En las primeras décadas del siglo XX solo se manifestaron acciones educacionales aisladas, asumidas por hombres sensibles, que se dedicaron altruistamente a alfabetizar en sus áreas de residencia o trabajo.

La memoria oral reconoce la labor desarrollada por el teniente coronel del Ejército Libertador Pedro Piñán de Villegas, quien ejerció el magisterio en Caleta, La Gallina, en la primera década del siglo, y por el soldado mambí Coleto Castro Sierra, durante los años 20, época en la que recorría los caseríos de Cayo Ramona, La Gallina, El Ébano, Molina y San Lázaro», ejemplifica Clara Enma.

«Entre 1940 y 1950, otro luchador social, Antonio Pereira Costa, alfabetizó en la zona de El Brinco y en áreas aledañas. Fue a finales de la década de los 30 cuando surgieron las únicas escuelas rurales que funcionaron en la Ciénaga de Zapata hasta 1959, que eran atendidas por el Distrito Escolar de Aguada de Pasajeros.

La número 10, en Cayo Ramona; la 28, en La Ceiba; y una en Bermeja. A estas se unieron las de San Blas y Helechal, aunque esas últimas dejaban de funcionar durante meses por falta de maestros, a los que no se les aseguraban materiales escolares ni salarios regulares.

«Desde su fundación, la más estable y con mejores condiciones materiales fue la de Cayo Ramona, aunque nunca contó con los elementos escolares indispensables para cumplir su función social.

No obstante, esta tuvo maestros de prestigio, como Rafael Consuegro Acebal, quien en 1945 hospedó en esa escuela al doctor José Álvarez Conde y contribuyó con la expedición al territorio organizada por ese prestigioso naturalista. «Sobre la insuficiente estructura escolar gravitaba antes de 1959 un obstáculo insalvable: la falta de atención estatal.

Esas escuelas rurales frecuentemente cerraban sus puertas por carecer de material escolar o profesores. Las mismas se localizaban en la porción norte del territorio».

—¿Qué tan alta era la tasa de analfabetismo?

—No existen cifras oficiales, aunque se infiere que en los años 50 el porcentaje de analfabetismo era altísimo y el nivel educacional de los pobladores estaba entre los más bajos del país. Eso lo corroboró una encuesta realizada en 1987 entre quienes vivieron aquella etapa.

La investigación arrojó que de 78 entrevistados —que tenían entre 20 y 35 años de edad en los años de referencia—, 42 eran analfabetos, lo que representaba el 54 por ciento; y de estos solo sabían firmar 11, el 14 por ciento.

«Al analizar esos comportamientos se descubre la dura realidad. La media de analfabetismo en el país en esa fecha —considerada alta— era de 23,6 por ciento. Y si se compara con las de las provincias de Matanzas (19,1 por ciento) y Las Villas (24,8 por ciento), resulta aun más desfavorable. La Revolución fue la que tuvo que cambiar todo ese infortunio».

(tomado de Juventud Rebelde digital)

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