Dos hermanos: una historia en #Fomento

Gerardo Hernández durante una visita a la casa de Peñate en Gavilanes, Fomento.

por Lisandra Gómez Guerra
Unos metros antes de llegar a Gavilanes se levanta a la orilla del trillo una casita que está cargada de historia. Otrora hogar de guano y madera, cobijada por el monte y acurrucada por la familia Peñate, resguarda varios pasajes que hoy se entretejen entre la realidad y la ficción.

El brillo metálico que deja en las manos la tierra de su alrededor, el sendero que cruza por su lado hasta el río, sus plantas de orégano silvestres, el sonido inconfundible del Caracusey y el alboroto de las cotorras que andan en las palmas aún reviven los pasos, primero del Guerrillero Heroico Ernesto Guevara, luego del Comandante en Jefe Fidel Castro y, unos años más tarde, los de Gerardo Hernández Nordelo.

Los hermanos María de los Ángeles y Julio Peñate Orozco todavía recuerdan aquellos tiempos cuando la familia habanera Hernández Nordelo prefería pasar junto a ellos sus vacaciones. Entonces, nadie podía imaginar hasta dónde llegaría aquel muchachito pequeño, callado, vestido siempre con pantalones cortos, de hablar “capitalino” y singular preferencia hacia conocer hasta el último de los detalles de los héroes que le antecedieron en esos parajes.

NIÑEZ HISTÓRICA

María de los Ángeles Peñate rememora que, aunque era un poco mayor que Gerardo, ambos hicieron muy buenas migas. Ella poseía la picardía y él, la sapiencia.

“Yo tenía un tío trabajador de la Empresa de Tenerías Habana, donde laboraba como director el padre de Gerardito. Ambos realizaban recorridos por las zonas de Caibarién y Santa Clara. Como ellos siempre estaban juntos en esos viajes, crearon un vínculo de amistad, más allá del trabajo. En un momento determinado decidieron hacer una visita a la “gente del campo”, porque así es como nos llaman los de La Habana, y de esa forma es que llegaron por primera vez a Gavilanes.

“Desde ese entonces, ellos empezaron a venir dos veces al año: en diciembre los días feriados y en julio. Para llegar viajaban en auto hasta El Pedrero y luego se montaban en camiones hasta aquí. Ellos eran tan nobles y humildes como cualquiera de nosotros. Si había que dormir en el suelo, lo hacían porque tantas camas no teníamos”.

Gerardo se veía siempre pegadito a las faldas de Eloísa Orozco, la madre de la familia. Aquel muchachito de ojos curiosos hacía las más insospechadas preguntas. Entre las anécdotas preferidas por él estaban las relacionadas con las visitas del Che a la casa cuando Caballete de Casa era su campamento porque en el hogar de los Peñate Orozco se cuidaba a los heridos y entonces el Guerrillero Heroico pasaba todos los días por allí para evaluar la evolución de cada uno de ellos.

A Gerardito le gustaba escuchar cuando Eloisa recordaba con voz temerosa que un día las tropas enemigas se encontraron por algún trillo con Julito, su hijo, aún pequeño, y gritaron a toda voz: “A ese guajirito hay que cortarle la cabeza y ahorcarlo, porque cuando coja tamaño no va a ver quien lo coja por ahí”.

También insistía en que le rememorara cuando Fidel llegó a la vivienda y luego del almuerzo se quedó dormido, entonces Eloisa le ofreció su lecho para que descansara y una toalla para que se aseara. Luego de la siesta el Comandante en Jefe le expresó: “No, búscame un trapo bien viejo, porque después lo tienes que lavar”.

El tiempo ha transcurrido y, aunque el paraje ha cambiado y poco tiene de aquellos momentos, aún se respira un ambiente cargado de heroísmo, humildad y convicciones.

María de los Angeles Peñate no olvida las calurosas tardes de verano, cuando el río al pie de la casa era su principal atractivo. “Para allí nos íbamos todos los niños porque junto a Gerardo, venían también su hermana mayor María del Carmen y, en alguna que otra ocasión, la menor llamada Isabel.

“Yo le hacía muchísimas maldades a Gerardito- añade maría de los Angeles-. El montaba a caballo mal y yo se lo espantaba. Se asustaba muchísimo, imagínate vivía en La Habana, no sabía hacer nada de las cosas del campo”.

Durante las noches las familias Hernández Nordelo y Peñate Orozco, bajo las luces de las chismosas y los quinqués, recordaban sus vivencias más importantes.

También conocieron en esos días de intercambio, de cuando Gerardito, con apenas seis años, en un juego de pelota dejó el bate para ayudar a su maestra que cruzaba muy cerca de ahí con una jaba cargada de cosas de la bodega y se la cargó hasta su casa.

UN PARAJE PARA NO OLVIDAR

La familia Hernández Nordelo dejó de visitar con asiduidad el recóndito lomerío. Los niños crecieron. La familia aumentó y el tiempo se hizo menor para escaparse en busca de descubrir la belleza indescriptible de las montañas fomentenses, y sobre todo la generosidad de nuestros campesinos.

Mas, por azares de la vida y sus tropiezos una vez más ese irregular territorio marcó la vida de Gerardo y su familia. Ahora está presente, no sólo por el recuerdo grato de aquella infancia, sino por las desventuras que aparecen en el camino.

Julio Peñate se estremece al recordar cómo se colocó en su ranchito la noticia devastadora.

“Cuando el avión se cayó, enseguida todo el mundo empezó a comentar el suceso y desde que a mí me dijeron que había una mujer llamada María del Carmen Hernández Nordelo me di cuenta que era la mismitica que visitaba esta casa. Aunque no tuve mucha relación con ella, sí conversamos, esa muchacha era parte de la familia. Enseguida salí para averiguar lo que había pasado”.

Todavía son muchos los campesinos que recuerdan el 13 de febrero de 1998, justo siete meses antes del encarcelamiento de los cinco. Un avión que había partido desde Ciego de Ávila destino La Habana, con profesores del Instituto Técnico Militar José Martí (ITM) se impactó, repentinamente, muy cerca de la comunidad de Agabama.

Aun cuando se crearon todas las condiciones para que Gerardo asistiera al sepelio, él decidió permanecer en Estados Unidos para cumplir su misión como homenaje póstumo a su hermana. A partir de ese momento en todas sus cartas él denomina Tita a su sobrina, como siempre llamó a María del Carmen.

HUELLAS

La noticia del injusto encarcelamiento de nuestros Cinco Héroes se regó como pólvora por toda la isla. Fomento no fue la excepción. María de los Angeles Peñate lo supo cuando leía el Granma.

“En la última página había una foto de los Cinco y cuando miro bien, me di cuenta que uno de ellos era Gerardito. Salí corriendo y se lo dije a mi mamá, a quien le costó una enfermedad porque existía mucho cariño hacia su familia y esas cosas las sufría como nadie. A partir de ahí me he mantenido al tanto de la causa”.

Julio Peñate, a través de un colega del periódico Vanguardia, le envió a la cárcel, un casete de video con algunas de las fotos que reflejaban aquellos días cuando la inocencia corría a campo travieso por Gavilanes. Entonces él escribió una carta de respuesta muy cariñosa. En ella mandó muchos saludos a todos.

“La última vez que Gerardo visitó esta casa fue en el año 1986. El estudiaba en ese entonces en el Instituto de Relaciones Internacionales y junto a varios de sus colegas realizaron un recorrido por la ruta del Che por esta zona y, por supuesto que llegó aquí, donde les contó a todos de sus vacaciones”.

La casa, empinada al borde de la tortuosa vereda, está justo en el mismo lugar. Espera sin prisa porque sabe que un día volverá a ella, el mismo niño convertido en todo un gigante. Su huella está húmeda en cada trillo, piedra, en los árboles y corrida del río que tanto amó.
tomado de Radio Sancti Spíritus

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Fomento en Vivo comparte vivencias desde el municipio de Fomento en el centro de Cuba y el quehacer de su gente.

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