Viaje a la Ciénaga: La odisea del (d)espacio

cienaga-cuba-fomentoAnhelaba volver a la Ciénaga, desandar las calles de Girón, sentir el aliento de los cenagueros con olor a carbón y mar.

Solo creía, tenía la certeza que esta vez sería diferente. Me esperaban los amigos, el debate prometido sobre la blogosfera, el Congreso de los Periodistas, La ley que todos esperamos, el cable invisible, hasta sobre el curso del Orinoco, la pelota, Víctor Mesa, los explotes en la web y algo más que los bellos paisajes de nuestra Cuba amada, prometían versar las ansiadas cuitas.

Ah, el tan solicitado café mañanero y la jaba de spaguettis del capitán Garfio, no podían faltar a la cita más planificada del último año en el Chat de nuestro grupo en Facebook.

Desde un mensaje y otra conversación telefónica, Karina me aseguró: No estás sola, ya somos dos enredadas en Tesis, muchos tienen nuestras trabas con y sin razón para sacar pasaje, salir del work y tirar un nuevo paso por la vida de nuestra blogo(s)fera.

La última nota de K fue el mejor aliento: ¿qué has hecho, en qué te puedo ayudar? Mi candidata a Presidenta nunca me falló, de hecho, les confieso, sigo apostando por ella en las encuestas para el Comité Nacional.

Ahora sí, otra vez la gigante Ciénaga, mis amores eternos con colmillos, el amanecer entre manglares, el frío de la mañana y el olor salobre del que una vez se llamó “redimido pantano”, aparecieron ante mí como un futuro asequible.

Enseguida, irrumpieron sin pedir permiso, las otras interrogantes, un poco más existenciales: ¿Seré la más vieja del grupo otra vez? Hasta visualicé la duda en un tweet: Seré la superabuela del grupo y Carmiña alivió mis penas: Noooo, serás la supertía.

Jjjjj, eso era lo de menos. Otros desvelos se colmaron junto con las clases de la maestría, las idas a Sancti Spíritus y escaparme de la profe Maritín, cuándo podré viajar, en qué. No conozco a nadie que me dé una mano o a quien decirle el cuento de la buena bailaora de las lomas fomentenses.

Fue cuando empecé entonces a estudiar la numerología de los trenes nacionales, la confluencia con el orden de ubicación de la provincia o su conexión con una nueva división político-administrativa.

Como buena guajira, espantada de las grandes urbes, llevaba 20 años sin montar en un tren nacional. Por tener tantos años, perdón, experiencias, hacía mucho tiempo que no me sentía la Penélope de Joan Manuel en el andén de la fría Estación de Guayos.

A las tres y 50, título más intringante de una nueva versión de Miss Marple, me pasó lo inaudito o quizás para otros que la conocen mejor, lo previsible.

Cuando salí a coger botella para Sancti Spíritus, la Tunie Colunga, o como una Agatha feliz, me envía el número equivocado: “Mary, ya estamos montados en el tren 15, coche 3, ocho camagüeyanos, activos y felices.”

A la María nuestra de cada día, solo faltó otro sms para no desesperarme: “Mary, no es el tren 15, sino el 14 y vamos prestos a comer nada más que arroz y hablar de blogs.”

No amanecía y ya me había aprendido de memoria el mural con el itinerario de los trenes. No me explicaba por qué no coincidía el número de ella con el mío, hasta que decidí escribirle otra vez: “Plis, me hacen un guiño al llegar al andén.”

La Tunie nunca se dio cuenta de mi desconcierto y después supe por qué. Ellos, los llamados activos y felices, viajaban dormidos como gatos y gatas amontonados, entre bolsas del cereal, cámaras y bolsos repletos de sueños.

Fácilmente podría confundirme en la penumbra del 20 de marzo con una traviesa más de la Línea Central, sino hubiera hecho como toda buena cubana, hablar de pelota con los guardias de la Estación, defender a los Gallos y soñar con comer algo en una cafetería, con tablillas prendidas y borrosas, que nunca abrió.

Contaba las milésimas de segundos y no veía nada más que tanques y trenes de carga ante mí, que si un cruce por aquí y otro por allá. Hubiera querido entonces usar una graduación superior de espejuelos, jugar al catalejo, tentar al gurú, tener por un ratito la percepción de mi perra Sophie o leer las cartas de mi bisabuela negra Emiliana.

Justo cuando el operador me anunció ceremonioso: Te voy a decir con qué atraso viene el tren, llegó la réplica desde lejos.

El pitazo nos sorprendió, conté uno, dos y tres hasta el coche anunciado por la gatica Colunga, enamoré al conductor para hacer de polizonte en mi blogura y cedí mi conservadurismo pueblerino ante una nueva aventura.

Justo como soñé desde mi banco en el andén, allí estaban los ocho, unos más despiertos, otros siempre dormidos, como el reflexivo Raúl y la ensortijada Susana.

Los amigos me acogieron, pronto era otra querida tinajonera y Fomento quedó atrás, entre tantos trastos que van dondequiera conmigo.

Podrán creerlo o no, pero así fue. A esta Penélope de cuatro décadas y dos quemados, sin canas y siempre supertía, le esperaba un nuevo amor: Korimakao.

(Continuará)

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Acerca de Fomento en Vivo
Fomento en Vivo comparte vivencias desde el municipio de Fomento en el centro de Cuba y el quehacer de su gente.

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