El hundimiento del P 14

bus-habana-cubaDespués del caso Astrolandia, otro suceso interesante…

En fin, cuando pude ver un San Miguel del Padrón, inundado hasta el tope, cambié el sistema, como diría el difunto Tire, un amigo de la familia.Me cambié las sandalias de cuero por unas plásticas, fui más guerrillera que en el Turquino y desafié la inundación de los Cuatro Caminos donde el agua llegaba a las rodillas. Llamé a Sheila, la comunicación era entrecortada. Shey, no te preocupes por recogerme, un compañero me indicara el camino hasta la parada del P 14 y mañana te cuento…Qué cuento!!!!!!
Pregunta y pregunta dentro del bus, llegué hasta un hombre bien serio que aseguró, señorita, no se preocupe, yo la guío, me bajo en Cuatro Caminos. Pero donde una vez se cruzaron los Cuatro Caminos, ahora se veía una gran mar donde se podía zarpar, bucear y sortear obstáculos. Solo entonces sentí zozobra. Temía por quienes son mis seres más queridos, pero no por mí. Aún recuerdo mi aventura y temo no estar para quienes amo y hace años dependen de mi custodia.

El P 14 era mi meta y estaba distante. No hubo tiempo ni para pensar y salí a la inmersión. Agua en el cielo, agua en la tierra, espejuelos mojados, bolsos a cuestas, cual guerrillera de mi tiempo, corrí detrás del hombre que en la penumbra que señalaba, dobla, camina dos cuadras, allí verás la parada del P14.
Así se produjo mi salida urgente del ASTRO feliz viaje a la incursión de Cuatro Caminos aguas abajo en busca del otro bus, el que estaba por hundirse.
Como quien atraviesa un río crecido, cruce la vía contra toda precaución de la Defensa Civil y de esos mensajes reiterados en nuestros medios, no cruzar ríos crecidos, ni pasar por debajo de tendidos eléctricos.
En fin, a tientas y a locas, más a locas que a tientas, seguí al guía. Él fue el salvatore de mi viaje final y cuyo nombre nunca supe y cuyos agradecimientos nunca pude ni tramitar por la urgencia de la búsqueda de la parada. Si alguien escucha una historia parecida, me avisan, así les doy un abrazos y gracias a mi salvador.
Los vecinos de Cuatro Caminos contemplaban la inundación. De casa en casa sacaban el agua fangosa de sus casas. Otros me miraron como espantados por mi correcorre de portal en portal por respeto a esas viejas construcciones centrohabaneras de película.
Estaba por cumplir mi último tramo hasta la parada cuando veo venir hacia mí dos máquinas, ninguna paró, y una guagua con cara de P. Nunca le vi el número, supuse que sí, que era una P con algo y para mí, suficiente. Me tiré delante de ella, hice una señal…
Como cubanos al fin, nunca nos damos las espaldas. El chofer paró, solo entonces me enteré de sus 14. Por supuesto, a esa hora, nunca apareció el peso para pagar el viaje, apenas encontré un medio y una peseta, y rápida como adolescente cogida en una falta, eché las monedas a la alcancía, mientras el chofer quedó con sus manos abiertas en espera de algo más. ¿Querría una propina?
Avancé dentro del P 14, donde enseguida recordé las palabras de un amigo en el Chat de Facebook: “No te preocupes, al fondo verás una pila de gente rara, más oscuros que claros, pero todos buenos, así que sé feliz y respira en paz.”
Escuché tremendo ambiente, ese típico de once de la noche en un bus llamado P, qué no sé quiere decir y siempre a punto de cumplir 15. Así que el rutero elegido era un joven, con lenguaje de su edad y todo lo otro. Unas chicas voceaban hacia fuera, “oye deja la pasmadera, mija, mañana, nos vemos, ya sabes, pa aquella talla, a las nueve, copiaste?”
Llamé otra vez a la Shey y para limpiar todo vestigio de preocupación en ella, le conté: “niña, ya estoy en el P 14 , nos vemos en el Martin mañana y te cuento los detalles.”
Que si a esa hora me lo hubieran dicho, no lo hubiera creído. Ya iba sentada, sin saber que aquello calzada o 51, o si ya calzaba los 51 kilómetros a recorrer hasta el Centro. Lo cierto es que Veinte años después, tras cinco años de estudio en la capital de los habaneros y muchos cubanos, y no sé cuántos otros viajes hacia mi city favorita, asistí por primera vez al hundimiento de una guagua.
De pronto, sin avisar, porque las cosas de lo real maravilloso no se anuncian, empezó a entrar agua al P 14. Otra vez pensé en los míos y me dije, calma, pequeña y entré en hipnosis, miraba a mis compañeros del frente y todos empezaron a hacer muecas.
Apreté el bolso pequeño y al segundo ni lo vi, solo atiné a ver cómo el agua cubría mis tobillos y mis sandalias acuáticas, después compartí las caras espantadas de la gente en la penumbra de la guagua, casi sin luces.
¡Qué singularidad vivir en Cuba! Si el hundimiento del P 14 me hubiera ocurrido en otro lugar del planeta, quizás cualquiera fechoría hubiera acontecido en aquel espacio estrecho y en aquel minuto crucial de la medianoche. En mi isla, donde importa el rincón, sucede lo inexplicable, cualquier extraño suele ser un nuevo amigo y cada amigo, un nuevo familiar y la familia, lo más sagrado. Eso no se toca.
Justo en ese momento, salí del trance y al mirar por inercia hacia abajo, contemplé algo atontada cómo mi equipaje jugaba a surfear. Inolvidable noche la del cuatro de julio de 2013, eso sí es vivir a plenitud!!! En busca de un sueño, bloguear y bloguear, con un bojeo especial a Cuba, desde la guerrilla…
continúa en La conjura del Martin

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3 Responses to El hundimiento del P 14

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