Reinerio, el picapiedras de El Yunque

Al desdeñar el ascenso a la cima de El Yunque por la salud de mis piernas, o más bien, mantenerme bien como el sostén de mi familia, desanduve el camino de la Delicia, a la orilla del Río Duaba en el Yunque alrededor de tres veces, no sé, todavía me parece que estoy paseando por aquellas montañas de firmamento infinito.

Allí a la tercera vez de ir y regresar el mismo camino, en espera de mis amigos, los blogueros escaladores, y dejarme caer no en una yagua como hubiera querido, sino en la humedad de las aguas del Duaba que refrescaron mis pies de tanto Sol sin keratina, encontré a Maritza, con su guataca al hombro.
Podría preguntarle por las flores, los helechos, el clima del lugar, pero su porte era tan desafiante con aquella guataca, que deduje su oficio y le pregunté si era de una brigada de arreglo de caminos. Ahí fue como me contó que, por un salario fijo de 323 pesos al mes, ella y su esposo Reinerio atendían el tramo de dos kilómetros desde el Campismo El Yunque hasta la subida de la Cascada en la Delicia de Baracoa.
Le sudaban las manos y la vida después de limpiar los paseos del terraplén, pero su mirada era tan clara y firme como la de todos los guajiros que conocí en la zona. Maritza no contaba su historia, nunca me preguntó quién era, para ganar un premio, una propina o una famita de esas que en estos días sirve de jolongo a mucha gente para creerse humano, y en realidad ser más burro. Tampoco me dijo que en la bajada de la Delicia había dejado a un hombre llamado Reinerio, su esposo, a quien reconocí como el picapiedras de la zona.
El Duaba tiene encantos, es un río para amar. Creo que lo amé antes de conocerlo, gracias al mulato Antonio Maceo, uno de los héroes de mi vida. Y al Duaba me entregué en la soledad de los amigos que ascendían al Yunque cuando me encontré con el hombre de Maritza con un pico rompiendo un gran seboruco al sol del mediodía con los callos de sus manos.
Y Reinerio no levantó la vista para ver la intrusa que interrumpía sus labores. Traté de no hacer ruido para sentir bien el eco del metal en la roca y adentrarme en el alma de un montañés de tanta bravía como aquel picapiedras. No salía de mi asombro, más bien, de mi admiración. Si los deseos se cumplieran al tiempo de la evocación, entre mis huesudas manos de pianista, hubiera surgido otro pico para ayudar a Reinerio con su faena que dio sudor en el alma. Crucé el Río a un metro de su roca de almuerzo y le pregunté si era un brigadista manual de caminos y cuánto era su jornal.
Ahí supe que Reinerio tenía voz más que un horadar de muros. Este es mi kilómetro por 320 pesos, y con su permiso, dijo apenas entre dientes y volvió a lo suyo, el hombre Picapiedras. El mismo que, junto a su mujer Maritza, elevó mi ara sobre los hombres y mujeres residentes en las montañas de la Delicia, sitio desconocido del Edén, ubicado entre las aguas del Duaba y el Yunque de Baracoa.

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