Como piedra que arrastra el Toa

Pierdo todo el tino cuando me entrego, tu corazón se desboca y no puedes sentir otra cosa que mi desvarío al tocarte.
No sé cómo, ni por qué lo niegas, creo que es una defensa del ser vivo ante una sospechosa avalancha de sentires. Solo los caudales en la desorilla permiten que las piedras registren, ahí va un gran amor.
Podrían anunciarse maremotos, crecidas del Toa hasta la punta de Baracoa cuando se asientan en la calma de una tarde de mayo ciertas fusiones. No creo en la rutina, hay uniones que con los años lejos de desgaste, renuevan el magnetismo.
Llega la temporada y subo a la ola para ensillar mejor los vaivenes del viento. Es mi barca un acierto, mas la luz se pierde en tu hallazgo después de tantos años separados.
Son tuyas y mías las ansias, los sueños y los desvelos del cuerpo soñando el perfume ajeno. A esta hora me sacudes el alma y todavía después del desborde, me escupes la vida como un resto de comida mal digerida. Que si mi cintura puede ser la de otra y en mí muchas mujeres se multiplican. Que el sentimiento no existe, que el instinto de la carne se impone.
Habría que decirle al cuerpo no sientas, al corazón no pienses, al cerebro no vibres. Esta vida es mierda y los ayeres no permiten atravesar la coraza de los prejuicios y los estereotipos de lo que no fuimos, ni seremos cuando un ciclón de rumores y putadas barrió una casa con los padres y sus dos hijos pequeños hasta hacerlos polvo. Alguien se empeñó en sentenciar: No existirás, pero no era Dios, ni brujo, ni las causas para hacer eterno el azar.
Y yo me pregunto cuál es la razón, pero no la quiero entender. No quiero creer, ni saber, ni me importa ahora mismo nada que no sea levantar la dicha donde solo respiré abandono, polvo, añoranza de lo pudo ser, y la inundación que fue. Apenas sueño, necesito, tengo derecho a vivir con intensidad lo que sea, llámese como se llame, ya tengo el vicio, tiene tu olor y es visible el desafuero de un hombre sediento en el río.
No creo que solo deba confesiones a la lluvia, a las piedras que se llevó la crecida del Toa, a las riadas de chismes que nos hicieron aquella vez naufragar. Algo bueno nos aguarda en la temporada que inicia. He estado mucho tiempo debajo de una losa de mármol esperando un beso tuyo y es hora de defender esa penitencia pequeña en tu boca. En ese mismo segundo navego cuesta arriba y no me detiene otra crecida que no sea tu abrazo.
Perdóname si aún puedes. Déjame si te empeñas, no te forzaré a escupirme otra vez. Son mis remos la casa y los hijos que llevo dentro lo que me salva o me hunde, pero los abrazo como laderas, amo deslizarme a contravientos en nuestra sima.

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