La botija que explotó en El Pedrero

[puiblicize on]
por Dayamis Sotolongo
—Viejo, ven acá y arranca este tornillo de aquí que hasta hoy me va a estar acabando con los dedos, gritó Edilsa Pérez Izquierdo escoba en mano, más airada por aquel estorbo que por la punzada que ahora mismo le entumecía el dedo gordo del pie izquierdo a causa del tropezón.
No era la primera vez que aquella punta de hierro la importunaba. De tanto barrer ese costado de la casa, justo en el medio de los dos cuartos, ese aguijón se había ido descubriendo de a poco. “Hasta los días de hoy” —se dijo—, porque con una resolución montuna de los mil demonios cogió el pico y empezó a puncionar la tierra.

En esas andaba cuando el esposo Luis Gregorio Bombino Zequeira, llamémosle Goyito como se le conoce entre esas lomas, llegó con la piocha para acabar con tanto misterio. Primero asomó otro tramo de esa especie de tornillo; más atrás una rosca y otra mayor aún y luego una armazón cilíndrica que le desconcertó los sentidos a tal punto que por un momento pensó que había hallado la fortuna de su vida.

— ¡Coño!, ¿pero qué tipo de tubo es este?, se preguntó cuando la mole de hierro se le descubrió entera ante sus ojos. Y con el susto rondándole el tino la cargó hasta el portal sin reparar en el esfuerzo de las más de 100 libras que llevaba en las manos. Para rematar inconvenientes era miércoles 31 de agosto del 2011; justo ese día Goyito y El Pedrero todo volvieron a nacer.

EN MI CASA ENCONTRÉ UNA BOMBA

Antes que la voz se corriera más allá del lomerío fomentense, Goyito pidió socorro a un vecino cercano a ver si le ayudaba a descifrar el enigma. Dicen que empezaron a darles riendas a las definiciones más variopintas: que si el hidráulico de un bulldozer, que si un balón de oxígeno, que si una botija…

Con el olfato azuzado por tantas historias de tarros de bueyes repletos de oro, que comentan aún andan enterrados, Esteban Viera, el suegro de Goyito, le bastó una mirada para aferrarse a la idea de que parecía más una fortuna que un arma. Pero Goyito, que su experiencia militar no rebasaba unos cuantos años de servicio, desarmó, a pesar de los pesares, tal teoría.
“Por la forma más o menos yo dije: bueno, esto dinero no puede ser porque esto es una bola de yerro; esto debe ser una bomba”, rememora ahora cuando Escambray lo insta a recomponer las astillas del recuerdo.

Bastó la afirmación para que se desatara otra explosión: la de las vecinas bajando de cinco en cinco, y hasta más, la loma que lleva hasta la puerta de la casa para verlo con sus propios ojos, la de los caprichosos que ya se imaginaban repartiéndose el botín, la de las habladurías que empezaron a desenterrar historias de cuando otra bomba igual cayó por allí mismo y abrió un pozo de agua o la que fue a parar a una casa y le puso el colchón de la cama encima de la cruceta del techo tras la estampida…

Eran puras suposiciones. Aquel día antes de partir rumbo a Cabaiguán a buscar unos ladrillos para los corrales de puerco que estaba construyendo, Goyito puso en pie de guerra a El Pedrero y otros contornos cuando llamó al Comité Militar Municipal de Fomento para dar la noticia: “En mi casa encontré una bomba”.

Ya había dado una orden a toda la familia: “Esto no se puede tocar”. Mas, antes de que llegara a Sipiabo y antes, incluso, de que los expertos acudieran al lugar para certificar la veracidad de tamaño descubrimiento Esteban la desactivó.

DETONANDO LA BOTIJA

Fue puro milagro. Sin poder contener la curiosidad cuentan que Esteban había dicho: “Esto no se va de aquí hasta que no vea lo que tiene adentro”, y con el eco de la última palabra cogió un martillo y zafó la espoleta y de otro golpe resistió la rosca que ajustaba más atrás. Lo único que había adentro era una grasa como acabada de untar.

“Según los especialistas, no había explotado porque la aguja percutora estaba ya oxidada y se jorobó —confiesa Goyito—, pero el sistema adentro estaba como en la hora y si la aguja llega a estar como debía, desde que le das ella explota”.

Cuando los expertos militares venidos de Fomento, Sancti Spíritus y hasta de Matanzas llegaron con aquellas cintas amarillas de “No pase” encerrando la casa, ya las detonaciones del suceso habían despabilado a más de un pariente de otros lares que llamó azorado a casa de El nene con la duda en ristre: “¿Verdad que bombardearon El Pedrero?”.

Pese a la obsolescencia, los especialistas lo validaron al vuelo: Tritonal —como podía leerse aún en verde—, bomba de fabricación americana, de 1956, de 51.5 kilogramos de peso y con un área expansiva de alrededor de 250 metros. De acuerdo con sus fundamentos, cuando fue lanzada en 1958 no explotó al chocar con la tierra porque,
presumiblemente, al salir del avión perdió la veleta que le sirve de guía y la hace direccionarse hacia abajo, lo que provocó que esta viniera dando vueltas y cayera de panza, en lugar de puntas como para estallar.

Con tales certezas, Goyito y la mujer tuvieron que dejar la casa esa noche, por pura precaución. Para ese entonces ya la bomba estaba montada encima de un vagón, acolchonada con arena y aserrín y custodiada por militares y por los integrantes del Consejo de Defensa de la comunidad. Hasta la mañana del 2 de septiembre no volvió a tocarse. Justo al amanecer, con vagón y todo, la montaron en la cama del camión que la llevó a Sipiabo, donde se detonó.

En todo su mandato como presidente del Consejo Popular, Julio Vivas no había visto tanto revuelo ni mucho menos había sentido un estruendo tan grande.

“Se explotó en un potrero, en Sipiabo —narra Vivas—. Primeramente el personal del Ministerio del Interior fue a todos los lugares a un radio de acción de un kilómetro aproximadamente y todos los
campesinos, todo el que andaba por allí e, incluso, el ganado hubo que recogerlo del lugar hasta que se hizo la detonación. Fíjate, que eso ocurrió a 2 kilómetros de aquí y las tejas de las casas de El Pedrero se estremecieron cuando explotaron la bomba.

“El hueco que abrió fue como de 2 metros de profundidad, la mata de guásima de la orilla la astilló completa, la secó y le sacó hasta las raíces”.

Fueron las resonancias primigenias. Aunque ya no se hable tanto, entre aquellas lomas aún sigue sonando el hallazgo de ese explosivo que ha hecho historia: ha sido el primero de su tipo encontrado en El Pedrero luego de más de medio siglo.

Dicen que no es la última bomba. Aún con el rugido de la “chismosa” en los oídos, como le llamaban a la avioneta aquella que presidía los bombardeos, Héctor Broche, quien por esos días fuera arriero de los rebeldes, lo confirma: “En el 58 tú podías recoger los casquillos de 50 cilindros por dondequiera y cuando el bombardeo eso era muy grande —asegura—. De esas bombas grandes deben quedar aquí tres o cuatro sin explotar”.

Es una sospecha compartida por muchos y más de uno afirma “que no hay peligro de que estallen porque se hallan en posición horizontal”. Mas, a la vuelta de tantas explosiones que provocó Goyito, el descubridor de aquella reliquia bajo tierra, solo le queda un tesoro: “Estamos vivos”, dice y ríe como quien sabe que por poquito no puede hacerme este cuento.

(tomado de Escambray)

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