Credo

A todos mis hermanos fomentenses
Por: Ángel Martínez Niubó
fomento-cubaCreo en Dios, creador del Husillo y Piedra Gorda, del río Agabama y de todos sus afluentes.

Creo en Lázaro, a quien la guerra crucificó y convirtió en el loco más célebre del pueblo. Creo en Ramona Tirabufo, porque supo que todas las riquezas cabían en una jaba, y con ella iba y venía por el pueblo. Creo en la belleza porque es efímera, y en mis amigos, porque saben que la felicidad no está en La Habana, ni en Miami, ni en Madrid, sino dentro de ellos mismos. Creo en mi padre, por enseñarme que los locos del pueblo no eran los que muchos creían, sino aquellos a quienes la ambición cegó lo suficiente como para no ver que todo tiene un fin. Creo en Sabroseao, que hizo de la alegría una bandera y la sacaba cada mañana en una bicicleta prodigiosa. Creo en Miguel Montesino porque supo que la política era una conversación con los humildes, y paseó por los parques y las plazas, y las palomas se rendían ante él. Creo en el pito distante del central, en las doce campanadas de la iglesia, y en el Criollo, que para mí –junto al “le ciel de Paris”- sigue siendo el mejor restaurante del mundo. Creo en Celia Cruz y en Silvio Rodríguez, porque un mismo río cruza por sus orillas melodiosas. Creo en mis hijas, en donde Dios hizo el único resumen de todo cuanto amo y me ofreció el pan de las misas del domingo. Creo en Gabriel, que vive en Cuba, y en Manuel, a quien la distancia no le borró la imagen de un cañaveral resplandeciente. Creo en la loma del burro, por donde cada mañana sale el sol de mi pueblo, y se empina un papalote diferente. Creo en Pedro de Jesús, a quien Dios regaló todos sus verbos y él los convirtió en mirlos y palomas. Creo en la novia que se tatuó uno de mis versos en su seno izquierdo y en aquellas, en cuya eternidad todavía hago silencio. Creo en la Ceiba de mi parque como la gran consentida de los árboles del pueblo. Creo en mi madre, que se hizo maestra porque fue otro modo de imitar a Jesús. Creo en el río de los mudos, en el arroyo del palomar, y en las pelotas que caen sobre el techo de mi niñez. Creo en Francisca, en cuya delgadez Dios hace ahora las sedas y los bálsamos. Creo en la Bota de Oro, en el lago del Cabaret, y en el cementerio, porque allí están enterrados los muertos que amo para siempre. Creo en Siboney, porque en cada mañana tenía un saludo diferente y en Ñego, porque junto a él descubrimos el cine. Creo en María, que me enseñó el camino más corto para llegar al cielo, y en Inés, porque vi como flotaba aquella noche en que faltó la luz.
En fin, creo en la esperanza, sin cuyo efecto no podría sentarme bajo la luminosa oscuridad del parque, y creo en la poesía, porque sabe que después de cada menguante, la luna vuelve a ser nueva.

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