Café nuestro de cada día

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por Pedro de Jesús

Tengo vicio del café. Y no hablo tanto de la bebida hecha con la semilla del cafeto tostada y molida —acepción tercera de la palabra café, según el diccionario académico—, sino del establecimiento donde se vende y toma —acepción    cuarta—.Y el sitio que me tiene enviciado no es un café cualquiera sino el café, este: el único. Doblemente único porque, además de que en el pueblo no hay otros de su especie —acepción primera de la palabra único—, consigue serlo en la acepción segunda: extraordinario, excelente.

Mientras se come o se bebe, al café se le vive. Más que un lugar resulta un acontecimiento: el café es siempre algo que me ocurre, algo que te ocurre, algo que nos ocurre. Más que un espacio, el café constituye un tiempo. El tiempo de darnos al otro, al que comparte nuestra mesa, al que nos observa como queriendo saber o preguntar o confesar algo desde la vecina, al que entra y baja la vista para no saludarnos, al que sale y en ese momento descubre que estamos y regresa un instante para abrazarnos… El café —acepción cuarta— es un pedazo de humanidad que la humanidad nos ofrece bajo pretexto de un café —acepción tercera—.

Y como tengo vicio de humanidad (en cualesquiera de sus acepciones), tengo vicio de este, el único, el café nuestro de cada día.

 

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