Palabras enamoradas y apuradas a propósito de una primera lectura de la película fomentense “La mensajera”

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por Elvis Herrera

En la noche del martes 13 de diciembre, después de una espera anhelante del público fomentense amante del cine, asistimos a la primera proyección pública del filme de ficción del realizador fomentense Yoislán Cárdenas, “La mensajera”.

Con guión y dirección de Yoislán Cárdenas, “La mensajera” es un largo cortometraje de ficción, cuya efectividad descansa sobre un recurso técnico del cuento como manifestación literaria. Una historia dentro de otra historia es la propuesta de “La mensajera”, al modo de obras literarias tan conocidas como “Las mil y una noches”, en que los cuentos de Scheherezada tienen lugar dentro del marco de su esfuerzo personal por la supervivencia ante la venganza de un príncipe con orgullo herido. Así, con una estructura de nicho, el cuento de Fernando Fuentes se anida en el marco global de una historia marcada por la espera de una amiga común.

El cuento escrito por Fernando Fuentes en las locaciones de un café mientras espera la visita de Norma, una amiga portadora de un atrayente secreto a revelar, nos presenta a una mensajera, Marilyn, quien es tal vez en sí misma el propio mensaje. ¿Es Marilyn, Norma o la paloma la mensajera en cuestión? Este es uno de los varios dilemas que nos presenta el filme, que habla con un lenguaje polisémico, invitando al espectador a una amplia gama de ricas lecturas.

Concebida en tono de suspenso, “La mensajera” es una película difícil de clasificar, y que incluye elementos del drama (muy marcadamente), junto con amplias pinceladas de comedia, el absurdo y el fantástico, ambientada en un mundo desequilibrante, el del pueblo La Pupila y sus campos y vías de acceso.

El entorno rural de La Pupila, junto con La Pupila del pasado en la memoria de Marilyn, se nos presentan como escenarios fabulosos salidos de novelas del realismo mágico latinoamericano.

El drama personal de la pretendida Marilyn, con sus delirios, angustias y desequilibrios, es expresado convincentemente en sus parlamentos y en los conflictos que exterioriza en su relación con Aníbal el Samurái. Reminiscencias e intertextualidades de diferentes niveles de complejidad relacionan a la Marilyn cubana con el ícono y sex símbol del cine internacional, Marilyn Monroe, y muy especialmente con su misteriosa muerte.

El personaje de Aníbal el Samurái, junto con el de Marilyn en roles protagónicos, está, del mismo modo que el de aquella, magníficamente concebido y expresado. En él confluyen, como parece ser un tema recurrente en la obra del autor Yoislán Cárdenas, los dilemas existenciales del escritor que no alcanza a realizarse como artista, y acude a vías alternativas de satisfacción de sus necesidades vitales.

“La mensajera” es una película que captura desde sus primeros minutos la atención del espectador con un secreto mensaje que ha de ser revelado. El mensaje nunca alcanza a ser revelado, salvo que sea la reencarnación de Marilyn Monroe en la Marilyn cubana. Esta es la clave del exitoso suspenso, que nos envuelve, una vez más, con la escena final en que Norma y sus amigos escamotean al espectador el conocimiento de su secreto.

El accidentado y trágico viaje de Marilyn de regreso a La Pupila de su infancia es el centro de gravedad en torno al cual orbitan los demás elementos temáticos del filme. Como tal viaje no conduce a destino alguno, nos queda como espectadores el incómodo pero disfrutable sabor de un regreso a “Ítaca”, al estilo del poeta griego Kavafis, en que no es el destino sino el viaje lo que importa. A fin de cuentas, en “La mensajera” no es el mensaje, si existe, lo que importa.

Las actuaciones protagónicas, de Yaniesney Castellanos y Kiusbel Rodríguez, son en todos los sentidos dignas de elogio, y confieren credibilidad y consistencia a sus personajes, aunque alcanzan a desdoblarse teatralmente en algunos momentos. Una alabanza muy especial merece la pequeña Alicia Cárdenas, en el papel de la niña Marilyn, que nos enamoró a todos con su gracia y maravilla.

En sentido general, las actuaciones nos convencen y frecuentemente nos impresionan; las escenificaciones, el sonido y la edición, la banda sonora —que incluye temas clásicos de la música anglosajona y de la filmografía de Marilyn—, y todo el entramado de fondo, técnico y artístico, conducen a “La mensajera” a un final de goce y dejan un sabor exquisito en el alma de cada espectador.

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