Requiem

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Los libros nunca hablarán lo suficiente de ciertas cosas. En el mes de mayo, las extrañas rosas del Batey  también honran a los ausentes, a los seres innombrales. Hoy quiero acercarme a algunas memorias no escritas sobre el deceso de la industria azucarera en Fomento.  Las voces de los hombres y mujeres de Fomento nunca se habían oído a coro. Hay conciertos a una sola voz, sin ensayos, sin director, sin partituras. Son los nacidos desde adentro, de la simiente de la familia llamada pueblo.

El mayor sonido al unísono se escuchó hasta en los recodos de los Cerros, en los raíles incrustados del añejo ferrocarril. La vieja casona de los Azqueta vio caer parte de su tejado.

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El día eclipsó cuando resonó el NO con angina de pecho de los fomentenses ante la decisión medio arbitraria, medio sabia, inconsulta vox populis que dejó a miles de rostros sin sonrisas. Que dejó a una torre sin humo. Que dejó a un batey sin apellidos, a los molinos sin azúcar, a las calles sin hollín.

Aciago fue el día que dejó al periodismo local sin noticias con sabor a guarapo, que dejó a la provincia espirituana sin su única refinería. Perdón a quienes pueda ofender, pero el Central Ramón Ponciano estaba entre las mejores refinerías de la decena con que Cuba en aquel 2005.

Los años no engañan. Hoy no hay en Sancti Spíritus una industria que se mida cara a cara con los indicadores del ingenio fomentense, capaz de producir el azúcar refino, ni siquiera blanco que aportó el antiguo Santa Isabel con la mayor eficiencia posible. Ahora la tonelada de azúcar exhibe precios alentadores en el mercado mundial. En aquel tiempo, los sueños no alcanzaron a profetizar el horizonte.

Alguien perdió en El Rosario la fe y lloró la muerte de un ser querido en cada esquina. Otros los hicieron con la casa cerrada. Sobraron las esquinas calientes fuera de la Serie beisbolera. Hubo hasta delirios por el bagacillo colao debajo de las puertas.

A nueve años de la decisión, los cañaverales existen. La muchachada veterana de las cooperativas Delicias y Quemadito escribe en la agenda: “Tenemos que crecer más”. En el 2005, no hubo con qué trazar el aliento. Solo quedan las memorias orales de ciertas reuniones acaloradas en el Cine. Fui testigo de que ganó en esa sala una batalla. Que el Ponciano fuera empresa agropecuaria, y no una granja del Remberto Abad Alemán. El amor no naufraga, cuando lo impulsa el espíritu.

Ahora las cañas de Fomento viajan más de 30 kilómetros para alimentar el hambre del gigante ingenio, en el otro lindero de la provincia. A punta de lápiz, no sé los costos del tiro a tanta distancia. Es mejor no saber ciertas cosas a veinte años de oficio.

El pueblo tiene valores que no encuentra espacio todavía en libros de historia local, ni en enciclopedias. Al Melanio trasladaron las maquinarias renovadas y modernas del Ponciano, pero no son eficientes. Claro, le falta la esencia, lo que se llama legado familiar.

En Tuinucú no está nuestra gente, el enorme capital humano, los técnicos e ingenieros fomentenses que hicieron las proezas en cada zafra, incluidas las llamadas malas.

El central Ramón Ponciano de Fomento fabricó azúcar de exportación y cuando dejó de hacerlo para pasar al llamado azúcar blanco, su color era envidiable hasta para Blanca Nieves. Del crudo, no quiero ni hablar. Era de un cristal transparente.

El dictamen de especialistas de arriba fue tras una visita a Fomento en abril de 2005. Nunca dijeron a los obreros su misión, pero en la sentencia se leía que los rincones de los almacenes quedarían vacíos. Eran los mismos, donde se guardaron por varias zafras los sacos de refino para una fábrica de ron, llamada Havana Club.

Ahora, en la grupa de los cambios y la ampliación del trabajo por cuenta propia, nacieron siete pequeños trapiches, uno de ellos hasta importado. Muelen la caña por turnos y hasta de noche. Sacian con la venta de guarapo, la nostalgia de los fomentenses por el olor del melao, por el pitazo que sincronizó la vida de tantas familias, hasta en el mismísimo Agabama.

En los pastos serranos, el ganado se ceba y los plantones de las dos unidades cañeras desbordan salud hacia otras, menos tradicionales. Las gramíneas bailan y trepan en la cima del Saltadero del Río. Queda en el aire la huella de cierto reclamo: el Ponciano cierra porque no tiene caña.

Alguien calla ante ciertas cuentas populares. Heredia no me dejaría mentir sobre las mejores noticias de Un Paso Más, las conversaciones con los analistas en plena madrugada. La Sala de Control del Ponciano ahora registra cifras de cultivos varios y el destino caña tiene sonido de rumiante.

¿Cómo no extrañar la doble semilla de mi pueblo, si solo han transcurrido nueve años? ¿Cómo salvar la utopía del árbol de la vida, cuando se mutilan las tradiciones? No voy a nombrar la ruta del esclavo ya extraviada, ni a Mario el jardinero mayor, ni a las especies exóticas del Barrio. No voy a nombrar a Luisa, la machetera millonaria, ni a la cachaza olvidada del Río Cangrejo, ni a la Casona de tantas fotos de quinceañeras.

No nombraré al famoso puente que quiso llevarse Sandy en su crecida. Es tanta la saudade de cañeros e industriales que a casi una década del cierre del central, perviven los diálogos en silencio con la torre.

Perdón a los historiadores por sus anécdotas del tiempo muerto.  Hoy solo quiero hablar de añoranzas y verdades.

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Acerca de Fomento en Vivo
Fomento en Vivo comparte vivencias desde el municipio de Fomento en el centro de Cuba y el quehacer de su gente.

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