Margot

Margarita Cabrera en el cafetal. Foto: Oscar Alfonso Sosa.

 

Margot sonríe apenas. Me ofrece el único aguacate no podrido de la arboleda, sopesa el paraje sin fronda y mueve inquieta el machete.
Margot posee 1.25 ha de café en usufructo. Foto: Oscar Alfonso Sosa
“Hay que seguir, qué vamos a hacer, uno no hace nada con desanimarse”.

Voltea el cuerpo y sigue salvando sus cafetos de las ruinas. “Lo primero que me vino a la mente fue que lo había perdido todo”. Ya no parecía el lugar donde ella trabajaba hace 24 años ni la bella escalada a Río Arriba por donde vamos caminando. A cada lado ni aves, ni flores y ni frutas quedaron para acompañar la maduración que revienta en cada grano, el aroma del amanecer en las montañas. Margot tiene a su esposo a cuestas en la limpia de las ramas de los algarrobos y albisias recostadas a las plantaciones. Que si un racimo sobrevive en el platanal, le dicen. Es el otro plato que se lleva a casa ahora, pero la única mujer cafetalera de la zona no quiere ni levantar la vista del corte afilado de su machete . Lo sigue moviendo en un tronco leñoso que no cede y aquella pelea de mil demonios no parece tener fin. Y Margarita Cabrera no es de las que se rinde, ni cree que su fobia a las ranas valga de mucho ahora para abandonar la riña familiar de ordenar esos bajíos cubiertos de café. La fuerza de los vientos que le dio una especie de candela al palmar anotó, junto a las lluvias en el Río Sipiabo, una crecida histórica como buen afluente del Agabama y todo el arrastre prometido de un campamento estudiantil que no volverá a ser. Sabrán los escribanos de la historia del siglo XXI a cuenta de quién corren las culpas del otrora Unidad Básica Río Arriba, hoy tierras entregadas en usufructo. Allí todo es un desbarajuste. Solo una mujer, su esposo y el Pirula de hablar nervioso y palabras a tropel mellan sus machetes hasta vencer, eso sueñan, el abandono que dejó el ciclón. Y como si fuera recompensa prometida, Oscarito tumba una virginal toronja que nos espera en la cima para saciar con su mero jugo y revienta estómagos la sed que no quise desahogar en las aguas bautizadas de un fontanar 500 metros más arriba. Es allí donde nadie quiere ir porque ya no hay ni camino, ni comunidad, ni mulos y donde con todo derecho y cubanía, sin pedir facilidad temporal, renace un sitio amado a otra, ojalá, una mejor vida.

 

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